lunes, 3 de noviembre de 2008

Historias de ciudad ...(Tren de los dormidos)

La gracia de vivir bajo el absurdo exhibe historias absurdas para el extraño, relatos urbanos que tal vez sean difíciles de apreciar cuando la costumbre y la rutina los vuelven parte de la ciudad.
  • La mujer de la ventana, es una anciana que vive frente a la Estación Floresta del Metro de Medellín. Todos los días, Fabiola, después de que su marido sale a pasear un pequeño perro blanco de raza Poodle, se para en el balcón enmohecido de su casa a ver la ciudad pasar y pasar en compañía de un cigarro fiel que se ahoga en sus pulmones mientras los ojos enrojecidos por el humo, o la tristeza, miran hacia ningún lado durante algo más de dos horas. Fabiola es la presencia que se hace visión ante los ojos de los pasantes que, casi siempre, prefieren recordarla como espejismo antes de imaginar el por qué de su ritual diario.
  • Un matrimonio cursi entre homosexuales universitarios que pasan juntos caminando por el Boulevard de una institución católica. Uno es alto, de ojos azules y pelo largo y abundante, un hombre bien parecido que en ocasiones especiales no teme ser observado por los ojos inquisidores de compañeros abstractos mientras organiza una celebración de cumpleaños para su compañero. El color rosa de su amor en un espacio público contrasta con la negra aberración que sienten quienes observan atentos para saber quién hace de hombre y quién de mujer, una obsesión convertida en mito.
  • El hombre del pijama en la Medellín moderna es una mujer de buenas y bien formadas carnes, por su rostro podría pensarse que tiene algo más de 20 años. En los días soleados sale a tomar color en el balcón de su apartamento en El Poblado. Tiene las nalgas firmes y abundantes, una cintura delicada y el pelo teñido de mono; prefiere la ropa interior que no cubre mucho y le gusta saberse observada por algunos hombres del edificio de enfrente, quienes, a pesar de no conocerse, parecen haber formado una comunidad de observadores que se comunica con términos clave de señas y miradas vueltas costumbre irremediable para apreciar el espectáculo de la buena figura de la extraña a la que desean.
  • Cae la nieve en Berlín como caen las flores de Paula en Medellín. Paula tiene la costumbre semanal de ir a repartir flores a los hombres desprevenidos de la ciudad. Es una cartera de flores que permanece incógnita de nombre pero conocida de figura. Las flores que regala le dan la identidad del día; a veces es Margarita y otras Violeta y siempre es portadora de un mensaje de amor para los hombres de una urbe absurda.
  • Tráfico el de la Comercial Hotelera, un bus que recorre buena parte de las vías de la ciudad. Un hombre sentando a mi lado habla en voz baja por su teléfono celular, lleva una maleta negra de tela desgastada y rota en las esquinas. Tiene una mirada preocupada y a mi parecer paranoica, tal vez el trajín de la ciudad lo tiene en sus brazos. Hiede a cigarrillo, viste un jean roto y cuando el bus se detiene en el semáforo de la carrera 70 con San Juan, saca la mano por una ventana y una mujer que vende dulces y cigarros en la calle se acerca y con un saludo de cabeza le entrega una pequeña bolsa negra que me pone a pensar.
  • Una pizza con los bordes quemados recibí de la mujer que atiende en el puesto de la Universidad. Parece agitada y algo rabiosa, cuando le agradezco por la pizza me da la espalda y empieza a discutir con su compañera de trabajo. Al parecer el calor del día y de su caseta la hacía delirar de rabia mientras le reclamaba a la otra mujer, sentada en un banco rallando el queso, la demora con los clientes desatendidos. La pizza estaba reseca y no lucía agradable.
  • Una profesora de pelo rojo y pecas en las mejillas, de temperamento fuerte y exigente con los estudiantes de su clase introductoria a la carrera de Comunicación. Un día de clase cualquiera, los estudiantes inquietos e inexpertos en las artes de universidad agotaron su paciencia y ella decidió salir de clase. En la espera por su regreso el olor de un cigarro a medio fumar en el pasillo me llamó como una madre a un hijo, y siendo muy obediente, salí a su encuentro. En el momento la mujer desesperada volvía al salón y con una mirada cruzada, y sorprendentemente a pesar de la timidez típica de cualquier forastero, la saludé e invité a tomar un refresco en la cafetería del primer piso; al principio una conversación pesada por la incomodidad de la mujer al sentirse irrespetada, luego, y después de un par de paquetes de papas refritas, una conversación de dos cuasi amigos.

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